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Las Muchachas Flor “Recuerdos”

 

 

 

Las Muchachas Flor “Recuerdos” nos presenta lo femenino que guarda silencio, el suspiro exacto, el espacio eterno, la continuidad desolada, el ir y venir, el volar y el caminar, la memoria de memorias, la inspiración del mundo, el fuego que conserva miles de ensueños, el deambular infinito, el instante eterno.

Quiénes sino las mujeres han construido esta alteridad, estas grietas que nos develan el paso incesante del tiempo. Es lo femenino del mundo (la tierra, la cocina, la lluvia, la luna, la mañana, la tarde, la noche, la música, la dramaturgia, la poesía, la poética, la vida, la escena) lo que crea esta grieta laberíntica que nos guarda, nos sostiene y nos detiene para mantenernos vivos.

En medio de este orden mutable aparece el cuento El Árbol de la casa de las Muchachas flor, Amantina o la historia de un des amor, la burguesa de la calle menor, la bella otero entre otros textos   del dramaturgo José Manuel Freidel, donde lo femenino se hace afecto latente, huella de contención e inmanencia en nuestra cultura, en esta historia van y vienen las noticias de guerra, llegan sin tiempo en medio de encierros para dejar las capas de mil recuerdos, poéticas devastadoras que deconstruyen el cuerpo de tres mujeres, que recorren los pasillos interminables flotando, Cadnia, Rosa y Amapola se pliegan y contraen por el dolor de la muerte, en el miedo del afuera, y en medio de su encierro configuran un mundo alterno donde se conserva la memoria.

En la obra Las Muchachas Flor están lejos del  mundo exterior, pues allá el aire espina y todo es podredumbre, ellas construyen al interior de su casa un orden perfecto, adentro todo es limpio, el olor a flores y miel hacen de las muchachas un suspiro en medio de la guerra. A pesar de haber perdido a sus padres, y abuelos conservan aun la inocencia de la infancia, ellas nunca salen de la casa y a través de la ventana, ven como afuera la guerra pasa sobre el cuerpo de los hombres. Ellas adentro conservan la memoria recorren su casa infinitamente hasta el punto de dejarnos la duda si viven o son fantasmas pegadas a la casa.

En cada una se reúne devenires femeninos, la inocencia,  la niñez y  la juventud, la matrona la madre, la juguetona y  la nana, la bruja abuela que va contando cómo vivían las tres jovencitas en esa casa donde el silencio ha instalado su morada y quiere mantener la calma.

La pieza devela pues,   los recuerdos de Itzmina quien a través de la narración nos va dejando ver en escena momentos de la vida de las tres flores; Rosa, Cadnia y Amapola.
La escena es onírica, aunque se ubica en una época (los años 50 en Colombia), la inserción de elementos tecnológicos, dispositivos escenográficos móviles, video, animaciones proyectadas, música en vivo, dejan ver el  encierro, el  vacío y los  recuerdos, mostrándonos una obra donde los tiempos se cruzan, donde lo fundamental  es hacer un homenaje a las mujeres que se resisten a la guerra,  haciendo un gran homenaje al silencio y  preservando la memoria.

  
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