Conceptos
LAS MUCHACHAS FLOR “RECUERDOS”
El mundo social, en tiempos de guerra, nos exige construir una multiplicidad de proposiciones para ligarnos a nuestras construcciones culturales. Se hace necesario escuchar tras la puerta, excluirnos, decidir que hay un adentro en medio del afuera de la guerra, ser terceros sin armamento, saber que allá está el mundo y su fabricación de la guerra, y que aquí, en el adentro, están nuestros cuerpos vibrátiles pidiendo cargar con nuestros duelos, con nuestros muertos como parte de nosotros mismos.
Nuestros cuerpos han decidido revertirse, volver la espalda hacia el mundo hostil de un afuera bélico y transformarse, devenir grieta y misterio, construir soledades como actos íntimos, como formas primarias de protegernos, pero esta protección no es reductible a los cuerpos o a la vida, es una prolongación de la memoria como vida cultural, como elemento que nos conecta con lo que somos, pero también, con lo que hemos sido, con nuestros seres idos, por eso nos excluimos, para garantizar los momentos del duelo, pero no duelos como meros cultos, sino como actos sanadores, como conexión con nuestras tierras, con nuestras pieles, con nuestras angustias innombrables: por eso la escisión con el afuera, el adentro nos potencia el lugar y temporalidad indicados para crear una suerte de alteridad, un entorno propicio para construir nuestros propios sistemas de recordación, memoria y ritualidad.
La pregunta se direcciona pues, hacia dónde ir para contener esta alteridad, dónde sujetar las tramas que articulan actos poéticos para reivindicar nuestras memorias, nuestros cuerpos sin armamentos y nuestros recuerdos.
Aparece pues la idea de un espacio sin mundo, sin estructuras políticas mas allá de los recuerdos, un punto periférico que se construye desde laberintos, espacios subterráneos sin jerarquías que se colman de recuerdos, miedos y ausencias como pasadizos secretos, un subsuelo que emergerá en silencio, una grieta profunda que deviene el cuerpo colectivo, pero también deviene el lugar de encierro, espera permanente como una trinchera, alteridad a la guerra, para volcar el conflicto interno frente a las quimeras que provee un afuera insondable, invisible y desarticulado.
En ese laberinto rizoma, orden perfectamente imperfecto, en el que todo es una entelequia silenciosa, donde vamos recabando nuestro propio espacio subterráneo y sigiloso evento de creaciones paralelas, germen de historias y acontecimientos que, seguramente, nunca existieron pero perduraran en el instante eterno de una narración sin texto, de un juego enciclopédico cargado de arqueológicas capas de recuerdos sensibles, somos una vida atravesada por la frescura del instante en cuanto lo que este tiene de provisorio, de precario y, por lo tanto de intenso[1].
Hemos de vivir al margen, en el umbral del dolor-recuerdo para ser la memoria, no la historia, es necesario devenir evocación que conserva, remembranza que guarda silencio, presencia que no es más que una subjetividad supuesta, y realidad ficcionada que es poética: escena ritual que soporta la multiplicidad de la cultura, potenciando la alteridad como construcción que se resiste y manifiesta ante la guerra.
Quiénes, sino las mujeres han construido esta alteridad, estas grietas que nos develan el paso incesante del tiempo. Es lo femenino del mundo (la tierra, la cocina, la lluvia, la luna, la mañana, la tarde, la noche, la música, la dramaturgia, la poesía, la poética, la vida, la escena) lo que crea esta grieta laberíntica que nos guarda, nos sostiene y nos detiene para mantenernos vivos.
En medio de este orden mutable, atravesado por lo femenino como afecto latente, como huella de contención e inmanencia en nuestra cultura, van y vienen las noticias, llegan sin tiempo en medio de encierros para dejar las capas de mil recuerdos, poéticas devastadoras que deconstruyen el cuerpo, lo pliegan y contraen por el dolor y el miedo, miedos que van más allá de los campos de batalla, pero que se tejen desde ficcionalidades.
Somos la escena, lo femenino que guarda silencio, el suspiro exacto, el espacio eterno, la continuidad desolada, el ir y venir, el volar y el caminar, somos la memoria de memorias, la inspiración del mundo, el fuego que conserva miles de ensueños, el deambular infinito, el instante eterno.
DESARROLLO CONCEPTUAL
Desarrollar experiencias escénicas redimensionadas por nuestras realidades y entornos, ha sido una preocupación permanente del grupo. Después de pensar en nuestros cuerpos en estado trágico, causados por violencias innombrables y marcaciones urbanas basadas en la muerte y sus valencias simbólicas, surgen nuevamente preguntas que se configuran desde cómo nuestros cuerpos cargan y asumen los imaginarios y percepciones entorno a la muerte y los actos poéticos que se tejen alrededor de ella.
Preguntarse cómo parte de la creación escénica permite una construcción significativa en doble vía, por un lado, posibilita a los actores una experimentación que potencia la actualización de referentes y detona en una pieza actualizada, permitiendo el retorno de imágenes poetizadas a partir de la interacción con la guerra como cuestionamiento. De otro lado la configuración de preguntas de investigación potencia el desarrollo de una metodología de trabajo que amplía las nociones pre adquiridas, modelando una construcción expandida de imaginarios que tenga en cuenta narraciones y vivencias de agentes activos y observadores naturales.
La pregunta que nos planteamos esta vez es: ¿Cómo construir una puesta en escena a partir del rastreo de narraciones, vivencias y experiencias de mujeres que han decidido resistir la guerra en Colombia configurando actos íntimos poetizados para reivindicar la vida?
Esta pregunta se abordará a partir del rizoma como elemento conceptual recurrente en las teorías sociales. De esta forma el proceso de creación se demarcará con los siguientes criterios:
Cualquier punto del trabajo teatral se conecta con eslabones semióticos (gestos, imágenes sonoridades, organizaciones de poder, uniformidades, transgresiones, configuraciones del cuerpo, circunstancias relacionadas con las artes, las ciencias, las luchas sociales) para descentrar los elementos del drama y permitir su tránsito a otros registros.
La estructura dramática no se compone de una unidad de acción. En ésta sólo hay líneas, momentos, segmentarios que al yuxtaponer dimensiones logra configurar una historia, articulando planos que pueden ser afectivos, visuales, historicistas y de ficción colectiva.
La reconstrucción de las narrativas y las vivencias de las mujeres víctimas de la guerra en Colombia se redimensionan y expanden a partir de la restitución e instalación de hechos que afecten realmente los cuerpo e imaginarios de las actrices, no es el calco de las situaciones recogidas, sino el de la creación de un mapa que posibilite la cercanía real con los afectos que demarcan la situación y la realidad trabajada.
El tiempo dramático no es un tiempo continuo, es un tiempo que admite trasversalidades y rupturas que siempre recomienzan modelando ciclos demarcados por la relación entre la fábula y las circunstancias de los personajes.
Es por lo anterior que el grupo decide crear el tiempo dramático por ciclos, que se homologan en la situación dramática con los tiempos de guerra en Colombia, generando un encuentro poético entre la vida de estas mujeres y su resistencia a la guerra
[1] Maffesoli Michel. El instante eterno el retorno de lo trágico en las sociedades postmodernas p. 30.
